A veces una creación artística nace de algo más profundo que una simple idea estética. Esta muñeca, inspirada en la película Black Swan, no sigue solo del deseo de coser un personaje, sino de la necesidad de poner forma a una historia emocional: la del perfeccionismo, la fragilidad y la presión invisible que a veces acompaña a quienes quieren hacerlo todo bien.
Mientras cosía cada puntada reflexionaba en mi hija, en su infancia y en como sus capacidades tempranas y su enorme curiosidad destacaban desde pequeña. Lo que a simple vista parece un Don sin sombras fue tambien el inicio de un camino marcado por la exigencia propia y ajena, las comparaciones y con el tiempo, por una ansiedad que hoy, ya adulta y con mayor perspectiva comprendo mejor.
La película Black Swan habla de la búsqueda obsesiva de la perfección y el precio emocional que puede tener. Al crear esta muñeca, pretendía plasmar que esa historia no solo pertenece al mundo del ballet o del cine. También se parece mucho a lo que por desgracia viven algunos niñ@s con altas capacidades cuando crecen en entornos donde se espera siempre un poco más de ellos.
Hoy en el blog no solo busco solamente mostrar mi muñeca, sino que es una reflexión que como madre significa el acompañar a un hijo que quiere aprender rápido, hacerlo bien y ser reconocido, y sobre cómo sin darnos cuenta y eso que yo soy pedagoga, a veces no podemos protegerlos del entorno y de que ese deseo se trasforme en presión interna.
A través de esta muñeca, y de mi experiencia personal quiero hablar del perfeccionismo infantil, de la ansiedad, de las comparaciones en la escuela lo que a veces lleva al bullying sutil y de la importancia de proteger no solo las capacidades, sino también el mundo emocional de nuestros hijos.
Porque educar no solo es enseñar conocimientos, sino enseñar a sentirse suficiente.
Cuando la inteligencia se convierte en presión: reflexiones sobre perfeccionismo, ansiedad y protección emocional
Desde muy pequeña, mi hija mostró una curiosidad intensa y una gran facilidad para aprender. Era una niña con alta inteligencia, con ganas constantes de saber más, de hacer más y de hacerlo bien. Como madre, la acompañé en ese camino con ilusión, ofreciéndole oportunidades y respondiendo a su deseo de aprender sin cuestionar demasiado si todo aquello era adecuado para su edad emocional.
Con el tiempo, su desarrollo adelantado la situó en una posición distinta dentro del entorno escolar. En el colegio iba por delante de sus compañeros en muchos contenidos, y esto despertó una exigencia creciente por parte de algunos docentes. En especial, una profesora en primaria (de la vieja escuela) adoptó un modelo de motivación basado en pedirle siempre más y en evaluar con mayor dureza, con la idea de estimularla. Sin embargo, aquella exigencia constante fue construyendo una relación con el aprendizaje basada en la presión y no en el disfrute.
A esta dinámica se sumaron las comparaciones. Comparaciones sutiles entre alumnos, familias y entre los propios niños. Mi hija empezó a ocupar un lugar que no había elegido: el de la niña que debía rendir siempre mejor.
Estas comparaciones no fueron evidentes al principio ni se manifestaron de forma abierta . Surgieron de manera sutil, en conversaciones aparentemente inocentes entre adultos, en muchos casos disfrazadas en modo de halagos, pero fueron generando poco a poco y con el paso de los años tensiones invisibles que terminaron trasladándose al grupo de niños. Con el tiempo, ese clima derivó especialmente en los últimos cursos de primaria y secundaria, en un rechazo silencioso por parte de algunas compañer@s, no en un bullying evidente, sino un aislamiento progresivo hecho de miradas, comentarios velados y pequeñas exclusiones que fueron creciendo con la edad y amplificadas a través de las redes sociales ( porque si te excluyen y no lo ves no sufres, pero si además lo puedes ver a través de stories, la cosa cambia). Todo ello va sumando y es lo que fue debilitando su seguridad emocional.
Hoy, ya más adulta, mi hija es una persona con ansiedad. Mirando atrás, comprendo que no solo se trataba de acompañar su desarrollo intelectual, sino de proteger su mundo emocional frente a la presión externa, las expectativas y el miedo al error.
La relación entre perfeccionismo y alta capacidad.
Los niños con alta inteligencia suelen desarrollar un fuerte deseo de hacerlo bien. No siempre porque se les exija, sino porque internamente quieren responder a lo que sienten que se espera de ellos. Cuando este deseo se combina con un entorno que refuerza la excelencia por encima del bienestar, puede aparecer el perfeccionismo desadaptativo: la necesidad de no fallar, de no decepcionar y de cumplir estándares muy elevados.
Este tipo de perfeccionismo no impulsa, sino que paraliza. Convierte el aprendizaje en una fuente de tensión y el error en una amenaza. En lugar de fortalecer la autoestima, la hace depender de un resultado.
Las relaciones sociales: un factor invisible pero determinante.
Las dinámicas sociales fueron un elemento clave en esta experiencia. Las comparaciones entre padres colocaron a los niñ@s en posiciones incómodas. Los compañer@s percibieron esas diferencias y, poco a poco, comenzaron a marcar distancia. En estos contextos, los niños con alta capacidad pueden sentirse distintos, aislados o incomprendidos.
El rechazo sutil es especialmente dañino porque no siempre es detectado por los adultos, pero sí profundamente sentido por quien lo vive. A ello se sumaban ciertas practicas escolares, como el hacer publicas las calificaciones o remarcar constantemente los logros académicos, o los posibles fallos, que sin pretenderlo reforzaban las comparaciones dentro del grupo. Estas dinámicas contribuían a crear un clima donde las diferencias se volvían visibles y el aislamiento se hacia mas probable. La falta de intervención temprana en estas dinámicas sociales puede dejar una huella duradera en la autoestima.
Lo que sí hice y lo que hoy habría hecho diferente.
Como madre, intenté protegerla. Le expliqué que cada niño es diferente, hablé con su tutora, evité comparaciones y fomenté actividades lúdicas donde pudiera ser simplemente una niña. Todo eso lo hice desde el amor.
Sin embargo, hoy siento que no fue suficiente a nivel emocional. No porque no me importara, sino porque entonces no sabía hasta qué punto la presión invisible podía afectar. Hoy entiendo que no bastaba con decirle que era distinta y darle todo mi amor y dedicación; también habría sido necesario validar más su malestar, ayudarla a poner palabras a lo que sentía y decirle claramente que no tenía que ser perfecta para ser querida. Aunque mi hija me contaba muchas de las cosas, no era capaz de expresar cómo esos pequeños desplantes la afectaban emocionalmente y su sufrimiento quedaba oculto tras explicaciones que ella elaboraba de forma racional como mecanismo de defensa
Tal vez habría sido importante intervenir antes en el clima social del aula, no solo en la exigencia académica. Tal vez habría sido necesario enseñarle que no tenía que destacar para pertenecer ni esconderse para ser aceptada.
Cómo se podría haber evitado: claves para padres.
Acompañar a un hijo que tiene un mayor ritmo de aprendizaje no significa exigirle más, sino protegerle mejor. Algunas claves fundamentales serían:
- Separar valor personal de rendimiento académico: uno de los aprendizajes más importantes y difíciles para un niño es comprender que su valor como persona no depende de los resultados académicos, cuando desde el entorno familiar y el escolar (¡ojo!, que a veces pesa más) se refuerza la idea "eres valioso porque sacas buenas notas el mensaje implícito que se instala es: si dejo de rendir, dejo de valer.
Separar valor personal y rendimiento implica trasmitir mensajes como:
Te quiero por quien eres, no por lo que consigues
Equivocarte no te hace menos valioso, te hace humano
Tu esfuerzo importa más que el resultado
No tienes que ser perfecto para ser querido
- Normalizar el error como parte del aprendizaje.
- Evitar comparaciones con otros niños, esto es muy importante porque como padres podemos evitar estas comparaciones pero es casi más importante que en el entorno escolar no existan, expresiones como: "mirad como lo ha hechoX..., Otros deberian aprender de..." se refuerza una jerarquía emocional dentro del aula, la evaluacion debe ser privada, individual y centrada en el progreso de cada niño. Reconocer la diversidad sin crear etiquetas fomentar la cooperación en grupo donde cada niño aporta algo distinto: uno crea, otro explica, otro organiza.
El profesor no solo enseña contenidos : crea cultura emocional, debe observar exclusiones, bromas sutiles y a veces no tan sutiles, como risitas, silencios, miradas.. porque el acoso ,más dañino suele ser invisible.
Muchos errores no son por mala voluntad sino por falta de formación y a veces por falta de reflexión, replicando modelos ya vividos de generación en generación.
- Respetar la edad emocional, no solo la intelectual.
- Mantener un diálogo con la escuela desde una perspectiva emocional.
- Trabajar habilidades sociales y emocionales con la misma importancia que las intelectuales.
- Educar sin presión excesiva y con afecto incondicional es la mejor forma de prevenir que la inteligencia se convierta en una carga emocional.
- Conclusión: aprender como padres...
Hoy pienso que no haber podido cambiar ciertas dinámicas no fue una falta de amor ni de implicación, sino el reflejo de un sistema educativo que aún arrastra inercias antiguas. A pesar de haber intentado dialogar, explicar y proteger, hubo límites que no estuvieron en mis manos atravesar.
Esta experiencia me dejó una sensación profunda de frustración: como madre, por no haber podido resguardar mejor el mundo emocional de mi hija; como pedagoga, por comprender los fallos y no lograr transformarlos (muchas veces he pensado sino debería haber intervenido más ). Con el tiempo he entendido que no se trata de buscar culpables, sino de generar conciencia.
Conciencia de que una niña sensible, inteligente y perfeccionista no necesita más exigencia, sino más contención.
De que el rendimiento académico no puede seguir siendo la medida del valor personal.
De que el rechazo sutil duele tanto como el explícito.
Y de que la escuela necesita integrar de verdad la educación emocional en sus prácticas cotidianas.
Mientras cosía esta muñeca inspirada en Black Swan, pensaba en esa búsqueda incansable de perfección que consume desde dentro. En ese cuerpo frágil que intenta sostener expectativas demasiado grandes. La muñeca aparece en equilibrio sobre una sola pierna, con los brazos abiertos como si buscara estabilidad. El antifaz negro cubre sus ojos, invitando a mirar hacia dentro más que hacia fuera.
Black Swan no representa a mi hija, pero sí simboliza una historia compartida por muchos niños: la de quienes aprendieron demasiado pronto que su valor dependía de lo que hacían y no de lo que eran. Su tutú oscuro habla de disciplina; las costuras visibles, de vulnerabilidad.
La rodean plumas negras, como si la belleza conviviera con el cansancio y la tensión.
Coserla fue un acto lento, casi terapéutico. Un regalo para mi hija en navidad algo para recordar todo lo aprendido y que nos recuerda todo lo vivido. Puntada a puntada, se convirtió en una forma de narrar sin palabras aquello que durante años no supe cómo expresar: que la perfección puede ser una jaula elegante, y que la infancia necesita más permiso para fallar y más espacio para ser.
Tal vez no pude cambiar entonces lo que estaba ocurriendo, pero hoy puedo ponerle palabras. Y escribir este texto —y dar forma a esta muñeca— es, en parte, una manera de reparar: transformar la herida en reflexión y la vivencia en aprendizaje compartido.
Porque si este relato sirve para que algún padre, alguna madre o algún docente mire de otro modo a un niño que quiere hacerlo todo perfecto, entonces habrá valido la pena.
Este recorrido no busca culpables, sino comprensión. Hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía.
Porque nunca es tarde para decir:
"Ahora entiendo mejor lo que viviste"
“Ahora sé que no tenías que demostrar nada".
“Ahora puedo cuidarte de otra manera.”